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lunes, 2 de enero de 2012

MITOS de leche materna: “ESTE NIÑO PASA HAMBRE, YO DIRÍA QUE NO TIENES LECHE”

Artículo extraído del libro "Un regalo para toda la vida" de Carlos González; de Bebés y más; y de Som la llet.


Como tantos otros mitos, hace no demasiados años la falta de leche, también conocida como hipogalactia, era una realidad muy extendida entre las madres, y muy a  menudo dicho diagnóstico era realizado a las nuevas madres en las consultas de los pediatras. Sin embargo, con el paso del tiempo y a raíz de los numerosos estudios realizados al respecto, este diagnóstico ha perdido validez y ha pasado a no ser cierto en la mayoría de los casos, convirtiéndose en mito por seguir estando vigente como una realidad muy habitual. Esto no quiere decir que sea un mito para todas las mujeres. Está claro que, al igual que hay mujeres que no tienen insulina, que no ven, que no pueden caminar, también hay mujeres que no tienen leche. La glándula mamaria es un órgano más, puede sufrir enfermedades, lo mismo que el corazón o el riñón, puede funcionar mal o dejar de funcionar.


Lo que no puede ser es que haya tantas mujeres sin leche como algunos piensan. No es posible que la mitad o las tres cuartas partes de las mujeres no tengan leche, no es posible que sus pechos no funcionen. De ser cierto, estaríamos ante la más terrible epidemia que ha vivido la humanidad. Casi la totalidad de las abuelas que criaron a sus hijos en la segunda década del siglo XX dejaron de dar el pecho "porque no tenía leche", "porque se me fue la leche", "porque se quedaba con hambre", "porque mi leche ya no era buena"... Y ese es un sentir que hoy en día pervive, y numerosas mamás de hoy en día han abandonado el pecho por el mismo motivo.

sábado, 10 de diciembre de 2011

SE ME FUE LA LECHE

¿Qué hay de cierto en esta afirmación? Carlos González, en un capítulo de su libro “Un regalo para toda la vida” explica con su habitual humor, esta errónea creencia de que la leche se puede “ir” o “cortar”.


Imagine a una cierva dando el pecho tan tranquila. De pronto, huele a un lobo. Sale corriendo después de esconder a su cría entre unos matorrales, porque su cría no puede correr. Como la cría no huele a nada (para eso se ha pasado su madre todo el día limpiándola con la lengua) y se está muy quieta, mientras que la madre sí que huele y hace ruido al moverse, el lobo probablemente seguirá a la madre y no encontrará a la cría. Si el lobo alcanza a la madre, mala suerte, la cría morirá también dentro de unas horas. Pero si la madre consigue escapar, dentro de un rato volverá con su cría y seguirá dándole de mamar. Pero si la cierva fuera goteando leche, ningún lobo que se precie podría perder el rastro. Como el reflejo de eyección está condicionado, la secreción de oxitocina se interrumpe cuando la cierva se asusta. A diferencia de la prolactina, que tarda varias horas en bajar, la oxitocina es rápidamente destruida y sólo permanece un par de minutos en la sangre; si la hipófisis deja de producirla, pronto no queda nada (por eso cuando se usa la prolactina para acelerar el parto se ha de administrar continuamente, en gota a gota; no serviría de nada poner una inyección de prolactina cada tres horas). Para mayor seguridad, la adrenalina, que producen los animales asustados, inhibe directamente los efectos de la oxitocina. Probablemente, el mismo mecanismo puede inhibir el parto cuando la madre está asustada. Una hipopótama adulta, una rinoceronta, una jirafa, no tienen nada que temer de las hienas; pero la cría recién nacida sería una víctima fácil. La presencia de un peligro puede inhibir la producción de oxitocina y retrasar el parto durante unas horas, hasta que el peligro ha pasado. Tal vez por eso algunos partos son tan difíciles en el medio extraño del hospital, rodeada de desconocidos, y la mayor parte de las mujeres se sienten mejor si su marido u otro familiar las acompaña, mientras que otras prefieren dar a luz en su casa, ayudadas por una comadrona a la que conocen bien.